domingo, 24 de julio de 2011

La mano y la lepra (Moisés en el Horeb)

El primer signo que concede Dios a Moisés es meter la mano en el pecho y cubrirla de lepra, volverla a meter y sacarla limpia.

    Nada más impuro que la lepra, nada más terrorífico sin cura y con exclusión social, nada más inmundo expresión del pecado y con una muerte anticipada. “En la antigüedad  se metía bajo la rubrica de lepra diferentes enfermedades infecciosas y contagiosas, que corroían las carnes. El miedo a la contaminación traía consigo, consecuentemente, la declaración de impureza y la exclusión de la vida social normal” . Nadie es capaz de curarla porque nadie tiene dominio sobre la muerte, la enfermedad y el pecado, sólo Dios –y Cristo en el Nuevo Testamento, afirmando así su señorío y divinidad-.

    Moisés va a recibir un poder que es sobrenatural, que para los pueblos antiguos debe causar espanto y luego el reconocimiento de algo milagroso, divino: tener lepra de pronto por meter la mano en el pecho y al volver a meter la mano, sacarla limpia. Es un signo acreditativo de primer orden.


    “La mano es órgano y símbolo de acción (no necesariamente de acción fuerte, pero sí de acción hábil). En español hablamos, curiosamente, de destreza. ¿Qué es destreza? Es la habilidosa capacidad de la diestra, de la mano derecha... Sí, la mano es símbolo y metáfora de la acción controlada... La mano de Moisés no está hecha para quedar guardada e inactiva, sino para dirigir con destreza. Con ella podrán hacer transmutaciones que convencerán a los israelitas” (Shökel).

    San Gregorio de Nisa, en su interpretación mística, sigue el método alegórico de Orígenes y hace del signo de la lepra en la mano de Moisés una prefiguración de la misma encarnación del Señor:

    “Mi interpretación está basada en testimonios del antiguo y del nuevo testamento. Por su parte, el profeta declara que “se ha cambiado la diestra del Altísimo”, indicando que se hizo hombre por condescendencia con la debilidad de nuestra naturaleza.

    La mano de Moisés adquiere un color que no era natural cuando la aparta de los pliegues de su ropa; pero recobra el color propio cuando de nuevo la repliega. Así “el Unigénito” que es la “diestra del Altísimo” en el seno del Padre.

    Haciéndose como nosotros vino del Padre y se nos dio a conocer. Después de curar nuestras heridas volvió a su propio seno la mano que estaba con nosotros y había tomado nuestro color. El Padre es el seno donde reposa su mano. No se transformó en naturaleza pasible la naturaleza inmutable: sucedió al revés. Gracias a él, nuestra naturaleza sujeta a cambios y pasiones se ha convertido en naturaleza impasible, partícipe de la inmutabilidad divina” (Vita Moys., II, 28-30).

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